Queridas y queridos estudiantes: hemos escuchado sus palabras, sus ideas sobre lo que les pasa a nuestros personajes. Nos pareció muy importante entender lo que ustedes piensan, por ejemplo, sobre esos tejidos de sueños que elaboran la madre y la abuela de los niños. Parece que en esta época muy poca gente cree que los sueños sean algo serio, algo importante en nuestras vidas. Es como si todos y todas estuviésemos decepcionados y un poco cansados de esperar…La pregunta es ¿qué esperamos? Muchos y muchas queremos que este país sea un país mejor; un país más amable, un país en el que podamos confiar y sembrar nuestros propios sueños, nuestras ideas, sin miedo, sin rabia.
¿Cómo creen ustedes que esto puede ocurrir?
Y claro, a veces, los sueños son caros, impagables. Hay gente que le ha puesto un precio muy caro a los sueños, pero los sueños nuestros son como el agua, o como las nubes, o como el aire, o como la luz de la que se alimentan nuestras plantas…¿Cuánto cuesta la luz que nos da el sol? ¿Cuánto el aire?
Quizás con esta historia podremos entender que la función de los sueños en nuestra vida es la de señalarnos un camino, o iluminarlo, como se decía que hacían las estrellas en los viejos relatos sobre aventureros y aventureras…
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Los niños Tiberio y Nina van a una escuela que está en lo alto de una colina. Caminan juntos, de ida y vuelta. Nina ha contado los pasos: 3565. Tiberio dice que son más, que son tantos que ya no se pueden contar. En el camino al colegio, a veces se encuentran con ranas y sapos que les salen al paso. Las ranas hacen cri cri cri y los sapos hacen croc croc croc. Nina a veces se detiene, se agacha y les pregunta: ¿qué pasa?
Tiberio dice que las ranas se están quejando y que los sapos son regañones ¿Y de qué se quejan las ranas?, pregunta Nina. Tiberio alza los hombros: vamos, dice, vamos que se nos hace tarde.
En la escuela, los compañeros de Nina le preguntan: oye, ¿y de dónde sacan esos hilos de colores tu mamá y tu abuela? Nina les cuenta que esos hilos de colores crecen en las ramas de unos árboles que están plantados alrededor de la casa de ella, y les dice a sus compañeros que cuando quieran, pueden ir a visitarla y ella les puede enseñar todo lo que hay: los árboles, los hilos de colores, los tejidos que elaboran la abuela y la mamá, y les presentaría a Pepa, la gata que tiene unas alitas como de murciélago. Los niños se ríen de Nina. Otros se quedan serios y dicen que no, que sus papás no les tienen permitido ir a esa parte del valle…
A Tiberio, sus amigos le preguntan: oye, y ese viejo que vive en tu casa… ¿es tu abuelo? ¿tu papá? Tiberio se ríe. Les dice que el señor viejo de caderas grandes ya estaba allí antes de que todos llegaran. Mucho mucho antes, pero es un antes del que nadie se acuerda. Los niños se rascan la cabeza. Todos se rascan la cabeza ¿Tendrán piojos? ¡No!
Lo que pasa es que cuando uno intenta acordarse de algo se tiene que rascar la cabeza, a ver si de pronto los recuerdos se despiertan.
Por las noches, la abuela de los niños les cuenta historias. Les dice que en el valle había un tren que iba al mar y regresaba cargado de comida, de regalos, de herramientas para construir casas y escuelas. A veces el tren iba al sur, y regresaba con muchas personas que venían a vivir al valle. El sur es hermoso, dice la abuela, pero allá han pasado cosas muy tristes. A mucha gente le han quitado todo, las casas, la tierra para cultivar; les han quitado los sueños…Por eso, ella y su madre elaboran estos tejidos, para que las personas que lo han perdido todo puedan recuperar su alegría, su ilusión de vivir.
Antes de dormir, el niño Tiberio le pregunta a la abuela de dónde vienen ella y su mamá, dónde vivían antes de llegar al valle, y la abuela suspira, suspira hondo y le dice al niño que ellas vivían en un lugar muy lindo, pero que esa historia se las contará después, después…
Nina le dice a la abuela que el cri cri cri de las ranas no la deja dormir. La abuela le acaricia la cabeza y le cubre las orejas con sus manitos arrugadas. Nina oye que el cri cri cri de las ranas se aleja, se desvanece, y el mundo comienza a sonar como el mar, como el sueño que a ella tanto le gusta, el sueño en el que el mar entra al valle…
La abuela les da un beso y apaga la luz. Pepa, la gata con alitas de murciélago, se acuesta junto a los pies de Nina, enroscada sobre su cola.
El niño Tiberio abre los ojos en la oscuridad y ve cómo las estrellas aparecen sobre el techo. Al fondo, se escucha la voz de la madre, que le dice a la abuela: es cuestión de tiempo para que lleguen, y la abuela le responde: shhhh, que los niños aún no se duermen…
Esa noche, Tiberio sueña con un cielo de color púrpura sobre el que aparecen cientos de aves. Muy pronto, el horizonte está poblado de esas siluetas que aletean y revolotean. Son tantos, piensa Tiberio, que no alcanzaría uno a contarlos en toda la vida. Las aves, que tienen patas cortas y alas muy grandes, y una cabeza como de pato, se posan sobre la tierra y empiezan a caminar como si fueran soldados. Algunos, se dedican a dar picotazos a las plantas, a las flores; otros saltan a las copas de los árboles y muerden los hilos de colores, y los escupen con rabia.
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Algunas preguntas y reflexiones:
1. ¿Qué cosas tristes habrán ocurrido en ese sur del que habla la abuela? ¿Por qué será que mucha gente tuvo que llegar al valle? ¿Qué se imaginan ustedes?
2. ¿De qué estará hablando la madre de los niños? ¿De quién?
3. Hagamos un dibujo del sueño que tiene el niño Tiberio. Y pensemos en lo que significa ese sueño, escribámoslo.
¿Por qué será que esas aves se comportan así?
¿De dónde vendrán?
¿Será que actúan por su propia cuenta o alguien las envió?
4. ¿Por qué será que a Nina le produce tanta curiosidad el sonido de las ranas y de los sapos?
¡Nos escuchamos en la próxima audio carta!