Audio carta # 8. Julio 29 de 2020.

De: profes Jenny y Miguel.


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Queridas y queridos estudiantes, ¿a dónde se habrá ido Tiberio? ¿a la escuela abandonada? Sí. Tienen razón… ¿Será que le hace falta ir a la escuela? ¿Le harán falta sus compañeras y compañeros? ¿O será que siente curiosidad y quiere ver qué es lo que está pasando allá?
¡Ah! bueno…¿Será que se fue a buscar al gallo? Sí, tal vez.

Pero, hablemos en voz baja, que acá en el pueblo están pasando cosas muy raras…
La abuela de los niños está llorando, desconsolada.
"Tiberio, Tiberio, ¿ a dónde se me fue el Tiberio?”
La madre de los niños se asoma por la ventana, por un espacio muy pequeñito entre las cortinas.
¿Qué es lo que está pasando en la calle?
El viejo de caderas grandes se acerca a la abuela y le dice shhhh, hablemos pasito para que no nos oigan, que ya vienen…
”¿Dónde?”, dice la abuela…”¿Ya viene quién?”
”¿Qué es lo que se escucha?”

Ya entraron al pueblo los patos, dice el viejo…

Shhh
Shhh
Shhh


Tenemos que salir por el patio, dice el viejo, y seguimos el camino de las ranas. Ellas saben dónde está Tiberio.
¿Las ranas?, dice la mamá de los niños.

Nina dice que si Tiberio ya se adelantó y se fue para el mar, y el viejo la mira y le hace un guiño con el ojo. “Sí, todas van para el mar”, dice él. “Pero no podemos decirlo en voz alta…¡Vamos, vamos!”

Entonces salen.
A lo lejos, en las calles del pueblo, se escucha una algarabía, y unos estallidos.
Las dos mujeres, la niña y el viejo, salen por el patio, por el monte, siguiendo el camino de los grillos y las ranas…
¿ A dónde van?

Pues bien, como ya dijeron ustedes, van para la escuela…Y ¿no será que es muy peligroso ir a la escuela en medio de todo este alboroto? Tal vez, tal vez…Pero ¿Tienen ellos otra opción? Además, tienen que encontrar a Tiberio.
Entonces caminan, caminan, caminan durante casi una hora, despacio, con cuidado, entre la vegetación y en medio de la oscuridad, apenas guiados por un débil resplandor azul que sale de la luna…
Caminan siguiendo al viejo, siguiendo a las ranas…

“¿Quiénes son esos patos?”, pregunta la madre de los niños.
"Son los mismos”, dice el viejo.
”Son otros… pero son los mismos.”
¿Qué?
”Sí, los mismos del sur”, dice la abuela–cansada por la caminata. “La misma gente que nos sacó del sur…Pero estos vienen del norte esta vez. Los mandaron para acá, para quitarnos los tejidos, para sembrar esos algodones de azúcar en todas las tierras…” (la abuela tose, porque le falta el aire)
“¿Y a qué horas pasó todo esto?”–dice la madre.
El viejo les dice que ya casi van a llegar. Silencio. Caminen despacio.

“¿Por qué venimos a la escuela?” dice Nina, emocionada, un poco confundida…
"Vamos a ver si acá está…”
¡Tiberio!, grita la madre.
¡Tiberio!
¿Qué estás haciendo aquí? ¿Y esta gente quién es?

Uno de los duendes sale al paso.
Tiene una vara de bambú en una mano y una pistola en la otra.
“Quédese tranquila, señora.”
“¡Tiberio! ¡Ven para acá!”–dice la madre.
Tiberio está sentado junto al fuego, con los otros duendes…
"Tiberio, Tiberio…”


Es verdad, como dicen ustedes, que son duendes bien arrugados y tienen cara de pocos amigos.
"¿Qué están haciendo aquí?” dice el viejo de caderas grandes.
"Usted sabe qué estamos haciendo aquí, don Fulano. No se haga el que no sabe…” dice otro de los duendes.
“Tiberio, niño, nos tenemos que ir…” dice la abuela, que todavía suena cansada, sin aliento para hablar…

“El niño se queda con nosotros” dice un duende, “¿verdad, compañero Tiberio?”

Tiberio no dice nada.
Tiene al gallo abrazado, apretado contra su regazo.
“¡Están locos si creen que les vamos a dejar al niño aquí!”, dice la mamá.

El viejo de caderas grandes se acerca a la fogata.
Dos duendes le salen al paso. Le apuntan con las pistolas. Pero el viejo les hace una seña con las manos, las alza, para decirles que va en son de paz, y ellos bajan las armas. Dejan que el viejo se acerque al niño.

“Tiberio, muchacho, tu abuelita está enferma. Tienes que irte con ella…Además, allá donde van, hay más gallos, y más amigos y amigas, y tienes que acompañar a tu mamá y a tu abuela…”
Tiberio niega con la cabeza. Se le salen algunas lágrimas.
“Ya no hay escuela”, dice. “La destruyeron.”

“Sí”, dice el viejo. “Y van a destruir el pueblo. No te puedes quedar aquí…Déjame yo me encargo de esto…”
Tiberio se seca las lágrimas y mira a su mamá y a su abuelita, a su hermana Nina, que está escondida detrás de la madre.
“¿Y no me puedo llevar al gallo?”, pregunta Tiberio.

Uno de los duendes se acerca.
“El gallo es para el sancocho, compañero Tiberio”.
Y todos los otros duendes sueltan una carcajada. Tiberio se levanta y grita: “¡No! ¡No!”
Los duendes se ponen alerta, sacan sus armas y miran hacia todas partes, a la defensiva.
“¡Cállate! ¡Cállate!”, dice el duende más viejo.
Un duende se le acerca y le arrebata el gallo.
Tiberio cae sentado sobre la tierra y abre la boca, como si fuera a llorar. Pero no llora.

“Tomen la casa si quieren”, les dice el viejo. “Y déjenlos ir, que ellos no tienen nada que ver.”

Los duendes se reúnen en círculo y hablan entre ellos…

La madre de Tiberio lo sujeta y le limpia el barro.

“Nos vamos ya”, dice.
La abuela tose.
Y Nina llora, despacito, para que no las oigan.

“Por acá y más arriba”, dice el viejo. “Las ranas irán con ustedes hasta que empiece a salir el sol. Cuando lleguen a un lugar desde donde se ve todo el valle y todas las nubes, todas todas las nubes, descansan. Allí descansan…”

"¡Tiberio!”, dice el viejo. “Toma esto”. Es un carrete con un hilo rojo. El viejo se amarra el extremo suelto a uno de sus dedos. “Camina y suelta el hilo”, dice, “para que sepan cómo regresar cuando puedan regresar…”

La abuela de los niños le da las gracias al viejo. “Gracias por todo”, dice, “por la hospitalidad, por la comida…”
Shhh, dice el viejo.
“Váyanse ya.”

Se van.
Caminan y caminan.
Al cabo de unas horas, se detienen y miran hacia atrás. Columnas de humo y llamaradas se ven allá donde quedaba el pueblo. La madre de los niños y la abuela miran el suelo, tristes.
“¿Falta mucho para llegar al mar?”, pregunta Nina.
“No mucho”, dice la abuelita, y se agacha para abrazar a la niña.

El cielo comienza a aclarar.
Un azul claro y suave con manchas rosadas en el borde de las montañas.

“¿Ves esas estrellitas que hacen como un caminito en el cielo?”, pregunta la abuela.
La niña dice que sí, que las ve.
“Bien, bien…”
Parecen granitos de arena, pero muy brillantes, como los brillantes que a veces la mamá y la abuela ponían en los tejidos de sueños…
"Sí, eso es. Como los puntos brillantes en los sueños”, dice la abuela. “Pues esas estrellitas también van para el mar, ya vas a ver…”

“¿Y las estrellas pueden nadar en el mar?”, pregunta Nina…
La abuela se ríe. Se ríe y tose.

La madre de los niños les ofrece un poco de agua con panela, para recargar energías.
"Vamos”, dice. “Vamos”.
Entonces se quita una de las mantas que lleva encima y se la pone a la abuela.
Nina corre hacia Tiberio y le cuenta lo de las estrellas.
Tiberio se ríe y alza los hombros.
"Yo ya sabía”, dice. “Ya me lo había soñado.”

Atrás de ellos queda un valle en el que las nubes descienden y se deslizan sobre la tierra, sobre los cultivos de algodón de azúcar, formando unos inmensos mantos de bruma, unos grandes campos de niebla que no dejan ver nada, que borran todo lo que hay, lo que hubo.
Adelante de ellos, mucho más adelante, aparecerá el mar, con sus costas y sus islas, con el sol brillante y con su gente, con sus días largos.

“¿Qué llevas en los bolsillos?” le dice Nina a Tiberio.
“Nada”, dice él. Nada.
Pero ella ve que de uno de los bolsillos sale un hilito rojo, y del otro se asoma una pluma de gallo.
"Bueno”, dice Nina, “pues entonces nada.”

***

Con esta carta finalizamos este proceso de pensar en una pequeña historia. Lo que sigue, es tratar de armar un libro con nuestras ideas, con nuestros dibujos, con nuestros aportes, con nuestros textos, con nuestras respuestas…y con algunos momentos de la vida de Nina, Tiberio, la abuela, la madre y el viejo de caderas grandes.

Quisiéramos que pensaran en estas dos preguntas, para continuar:

1. ¿Quién habrá enviado a los patos a destruir los tejidos de sueños y a sembrar ese algodón de azúcar en todo el valle?

2. ¿Qué piensan ustedes sobre el destino de los niños, la abuela y la madre? ¿Será que podrán estar bien allá donde van a llegar? ¿Será que podrán regresar un día al valle? ¿Será importante poder regresar?

Gracias por escucharnos.
¡Seguimos!